—Salgo todos los días á estas horas un rato. Tú estás cumplido conmigo, y puedes quedarte en casa si no quieres acompañarme.
—¡Pues no faltaba más! ¿He venido yo á Madrid para eso?
—Entonces aguárdame un instante mientras me visto.
Y con tal objeto, Carlos entró en su habitación.
No le quedaba á Ramón la menor duda, por el interrogatorio á que acababa de someter á su hermano, de que éste y su mujer eran diametralmente opuestos en gustos é inclinaciones; es decir, que se hallaban, según su criterio, de patitas en el sendero por el cual llegan más pronto los matrimonios á tirarse los trastos á la cabeza.
Ramón amaba hasta con delirio á su hermano, y se comprende. Eran, los dos, únicos hijos de un honrado mayorazgo montañés que había muerto con la pena de no dejar una fortuna á cada uno. Ramón, el mayor de los huérfanos, era el más fuerte y más apegado á las cosas del país. Carlos tenía otras inclinaciones y otro tipo: era más idealista y más fino. Como la escasa herencia no bastaba para sostener á los dos hermanos en una posición enteramente desahogada, haciendo el mayor, muy gustoso, un sacrificio, pasó Carlos á Madrid á estudiar una carrera, eligiendo la de abogado, por prestarse mejor á las tendencias de su carácter. Los triunfos obtenidos durante sus estudios recompensaron cumplidamente las privaciones á que Ramón se sometía gustoso en su aldea con objeto de que Carlos viviese con algún desahogo en Madrid. Concluida su carrera, y merced á la brillante fama que dejaba en la universidad, tuvo la fortuna de que le llevara á su lado una celebridad forense que contaba en su avanzada edad casi tantos millones como triunfos ruidosos. Lo demás lo sabe el lector. Cuando Ramón tuvo noticia del proyectado enlace de su hermano, poco después de morir su protector, creyó volverse loco de alegría. Sin embargo, no tuvo valor para acceder á las reiteradas instancias de aquél asistiendo á sus bodas. El ruido que barruntaba en ellas no se avenía bien con la patriarcal sencillez de sus costumbres. Prefirió visitar á Carlos más adelante, y así lo hizo, pero tardando año y medio en cumplir su palabra. Llegó á Madrid á las altas horas de la noche, y encontró á su hermano muy atareado en su despacho. Isabel se hallaba en un baile, y cuando vino á casa la acompañaba un joven, extraño á la familia, muy elegante, muy afectuoso con ella, y muy ceremonioso con su marido, que no parecía ni fijarse siquiera en semejante circunstancia. Á él le escoció tanto, que le hizo soñar después algunos desatinos; y soñó despierto mucho más, cuando hubo sondeado el espíritu de su hermano en la forma que conocemos. La impasibilidad del rostro de Carlos al recibir á su mujer la noche anterior, ¿era hija de una confianza absoluta, ó de una resignación estoica? Lo primero le parecía muy expuesto; lo segundo muy indigno, y ambas hipótesis inadmisibles en un hombre de buen sentido. De todas maneras, lo que estaba presenciando en casa de su hermano no era ni lo que éste merecía, ni lo que él se había imaginado. Por todo lo cual, y después de meditar un rato.
—Se me antoja—pensó,—que mi viaje á Madrid me ha de dar algo que hacer.
En esto Carlos, en traje de calle, apareció á la puerta de su habitación, precisamente al mismo tiempo que entraba Isabel en la sala por la puerta de enfrente.
Todo el adorno de su persona consistía en un blanco sencillo peinador que la envolvía el talle, y el cabello prendido con el más natural abandono. Sin embargo, estaba hermosa en la acepción más legítima de la palabra. La hermosura de Isabel era verdaderamente clásica, hasta el punto de que, por la severidad y corrección de sus formas y proporciones, parecía un mármol griego. Era ligeramente rubia, con ojos que no eran enteramente negros; ojos que, por la firmeza y tranquilidad con que miraban, jamás revelaban el verdadero temple del alma que á ellos se asomaba. Tras una fisonomía como aquélla, lo mismo podía albergarse el fuego de todas las pasiones, que el hielo de todas las indiferencias: todo parecía caber en aquel busto majestuoso, menos la pueril veleidad de femenil coquetería. Y así era, en efecto, Isabel, que había nacido para no ser una mujer vulgar, era por naturaleza refractaria á esas mil frivolidades que forman el encanto de los salones para la inmensa mayoría del bello sexo. Educada en el «gran mundo» casi desde niña, le amaba porque no conocía otra cosa mejor, y tomaba de él lo que más se adaptaba á su carácter: la ostentación, pero sencilla y sin el menor alarde. Con ese recurso, á faltas de un título nobiliario, y sin más ejecutoria que su belleza y su elegancia, había conquistado el primer puesto en cuantos salones frecuentaba, que eran cabalmente los más aristocráticos de Madrid. Que tuvo aduladores y apasionados, aun después de casada, no hay para qué decirlo. Mas como ninguno de ellos logró siquiera hacerla meditar un solo instante, no se cuidó de observar el efecto que en ellos causaban sus desdenes. Tomaba del mundo lo bueno con lo malo; y lo malo era, en su concepto, entre otras plagas, la de esos hombres tenazmente conquistadores. Juzgábalos, en fin, como una molestia necesaria, pero no temible; deshacíase de ellos como de las moscas en verano, y nada más.—Bueno es que consten estos ligeros apuntes en honra y gloria de Isabel.—Pero ésta era mujer al cabo, y como tal, ó mejor dicho, como de la falsa madera humana, no podía menos de ser débil por alguna veta; y la veta de Isabel era la ostentación, que ya hemos dicho que constituía el único ó el mayor atractivo que parecía ofrecerle el gran mundo: por lo tanto, esta mujer, que no se curaba jamás de los admiradores que pudieran quemar incienso en los altares de otras bellezas; que veía impasible y desdeñosa pasar á su lado intrigas amorosas, rencillas de etiqueta y otras menudencias análogas, no podía prescindir de echar una mirada de curiosidad al talle, al cabello ó al vestido de la más apuesta dama que se permitiera la osadía de aspirar á igualarse con ella en lujo ó en novedad siquiera, ya que no en elegancia. Yo les aseguro á ustedes que, aunque ella jamás provocaba la lucha, una derrota en este terreno, si no la desesperaba ni la desconcertaba, porque al cabo tenía talento, cuando menos la hacía meditar mucho. Es preciso que conste bien esta otra circunstancia, porque no se juzgue como impropio de su carácter algo que más tarde pueda ocurrir á nuestra heroína. Por de pronto, es segurísimo que, sin una preocupación por el estilo, no hubiera madrugado tanto como madrugó en la ocasión en que acabamos de verla aparecer á la puerta de su gabinete; madrugada que llenó de asombro á su marido, porque no acostumbraba á verla levantada hasta la hora de almorzar.
—Os he sentido hablar aquí—dijo Isabel respondiendo al saludo de Ramón y á la exclamación de sorpresa de Carlos,—y he salido á saludaros.—Y usted—añadió dirigiéndose á Ramón con deliciosa afabilidad,—¿no ha extrañado la cama?