—¡Extrañar!...—respondió Ramón, verdaderamente encantado ante los atractivos de su cuñada.—Con salud, conciencia tranquila y larga jornada, duermo yo sobre un pedernal, cuanto más sobre mullidos colchones.

—Y tú, Carlos, ¿cómo estás?

—¿Yo?... perfectísimamente,—respondió éste esforzándose por sonreir.

—Protesto,—interrumpió Ramón, dispuesto á aprovechar aquella coyuntura que se le ofrecía para entrar en materia.

—¿Cómo es eso?—dijo Isabel sorprendida.

—Ha de saber usted, Isabel,—continuó su cuñado...

—Poco á poco—interrumpió Carlos á su vez, con notoria intención de cambiar de asunto,—ese usted no pasa delante de mí. ¿No sois hermanos? Pues tú por tú, como Dios nos manda.

—Aceptado desde luego,—dijo Isabel alegremente.

—¿Sí?—añadió Ramón, haciendo una pirueta;—pues á llano no me echa nadie la pata. Y en prueba de ello prosigo diciendo que te decía, Isabel, que Carlos...

—Que no decías nada, ó que no sabías lo que decías—interrumpió precipitadamente Carlos,—porque nos vamos en seguida. Repara que Isabel aún no se ha vestido, que es ya muy tarde y que, si hemos de almorzar hoy después de pasear, no tenemos tiempo que perder.