—Te veo,—pensó Ramón.
—¿Ibais á salir, quizá?—preguntó Isabel.
—Estábamos ya en marcha, como quien dice,—respondió Carlos, empujando á Ramón hacia la puerta.
—Pues, andad, que luego hablaremos... digo, si no es tan grave el asunto que no admita dilación,—repuso Isabel, mirando con sonrisa burlona á su cuñado.
—¡Bah! gravísimo,—dijo Carlos.
—¿Crees que no?—le contestó Ramón muy serio.
Carlos soltó una carcajada.
—Corriente, hombre—dijo Ramón encogiéndose de hombros y apretando el nudo de su bufanda.—Pues en el cuerpo no se me ha de pudrir,—añadió por lo bajo. Y continuó en alta voz:—Conque, en marcha; pero quedamos Isabel y yo, en que...
II
Dos nuevos personajes que van á entrar en escena, exigen de mi escrupulosidad algunas palabras que los den á conocer previamente. Son personas de calidad, y à tout seigneur, tout honneur.