Refiérome al marqués y á la marquesa del Azulejo, que habitaban el cuarto segundo de la casa en que nos hallamos con el cuento.
El marqués, que lo era por derecho propio, rayaba en los cincuenta eneros, pues me consta que no eran abriles, y era todo lo orondo, cepillado, bruñido, risueño y perfumado que puede ser un aristócrata que vive de sus rentas, no escasas, y que no tiene nada que hacer... Digo mal: este marqués tenía una obligación de pura vanidad, merced á lo que daba por bien empleada la sujeción á que le condenaba de vez en cuando su cumplimiento.
Era en Palacio yo no sé qué cosa muy honorífica, á manera de saca-bancos: ello es que le valía el derecho de gastar su poco de tricornio y aun sus remedos de espadín, amén de la indispensable bordada casaca, los días de gran ceremonia en la corte. La marquesa, que, antes de serlo por su casamiento, no pasaba de ser una infanzona tronada con amagos de hambrienta, no era mucho más joven que su marido, y como él se conservaba, aunque con el auxilio de ciertas mistificaciones, rechoncha y bien parecida. Los gacetilleros de la prensa elegante, la llamaban «deliciosa» y «confortable»; pero la verdad es que no pasaba esta señora de ser una jamona bien conservada, hablando en vulgo neto. Eran, en suma, el marqués y la marquesa, tal para cual, por lo que hace á figura. Con respecto á genio, ya variaba el asunto. El marqués era dúctil, bonachón, incapaz de enfadarse... todo «un nazareno»; la marquesa era impresionable, hasta vidriosa, tornadiza y exigente.
Por eso, siempre que estaban juntos más de media hora, reñían; es decir, reñía la marquesa. El marqués atribuía estas incongruencias de carácter á la falta de un vástago que hubiera dado un poco de atractivo constante al hogar doméstico, pues es de saber que el tal matrimonio, á este respecto, había sido tenazmente infecundo. Debo hacer una salvedad, sin embargo. De recién casada la marquesa, dió á luz un heredero; pero se puso tan nerviosa con el lance, y llegaron á serle tan insoportables los jipidos de la criatura, que hubo necesidad de echar á ésta de casa y encomendarla á los cuidados de una aldeana.
Á los dos meses de hallarse el niño en el campo, fué un día á Madrid la nodriza con las ropas del ángel de Dios, diciendo que éste se había largado al otro mundo de un hartazgo... y que allí estaba aquello. La marquesa soltó un grito de sorpresa y un par de onzas de propina para la nodriza; recogió el hatillo como un recuerdo, y no tuvo el lance más consecuencias... ni el marqués más herederos.
Firme éste en sus propósitos de no fomentar con sus indiscutibles derechos domésticas desavenencias, había ido cediéndolos de tal manera, que hasta su propia personalidad había quedado absorbida en la de su mujer, para los efectos ordinarios del trato social. Llamábanle en el mundo el de la Azulejo, y este mote afrentoso le califica mejor que cuanto yo pudiera decir, sabiendo, como ya se sabe, que el título nobiliario era suyo y no de su mujer.
Pero todas estas abdicaciones importaban un rábano al santo varón, porque al precio de ellas le era lícito entregarse de lleno á la satisfacción de todos sus caprichos y pasiones.
¡Y qué pasiones las del señor marqués!
¡Y qué calaveradas!
Algo más graves eran las que se contaban de la marquesa, pero yo nunca las creí. Tenían un encanto especial para ella los hombres de moda, y le gustaba atraerlos á su lado, por pura vanidad solamente. En cuanto al afán con que seguía sus pasos cuando de ella se separaban para quemar incienso en otros altares, nada más inocente en un carácter como el de la marquesa, cuyo flaco era la curiosidad llevada á la exageración.