Y precisa era la más refinada mala fe para juzgarla de otro modo, cuando era notorio que, á los pocos años de casada, su verdadera pasión fué la mística. Frecuentaba los templos; pedía á las puertas de ellos para todas las comunidades y asociaciones religiosas habidas y por haber; protegía las casas de Beneficencia; paseaba con las Hermanas de la Caridad, y enseñaba la doctrina á los niños de la Inclusa. Todo, por supuesto, sin perjuicio de sus obligaciones mundanas, pues no estaba reñido, como ella decía, el trato de Dios con el trato del mundo.

Más acá sufrió un cambio bastante notable su modo de ver esas cosas. Quizá para la esfera en que habitaba no fuera del mejor gusto su exagerado misticismo: yo no lo sé; pero es lo cierto que de repente, dejando algunos de sus rezos públicos y sin romper por completo con la caridad de Dios, entregóse de lleno á la filantropía. Ingresó en varias asociaciones de este jaez, y, por último, fué miembra de una consagrada exclusivamente á la regeneración social de la doncella menesterosa, cargo en el cual la encontramos nosotros, alcanzando señaladas victorias y dedicándole lo mejor de su tiempo.

Congratulábase el marqués de ver á su mujer tan bien entretenida, y sólo le pedía á Dios que apartase de ella el demonio de la curiosidad, que era el que le obligaba á él muchas veces á andar hecho un zarandillo averiguando vidas ajenas para satisfacer un antojo que, después de todo, para nada servía á su mujer, puesto que se trataba de tal cual calavera que sólo á Dios debía las cuentas de su conciencia. Lamentábase también de este defecto, porque á menudo le acarreaba inesperados trastornos en su vida íntima, en la cual se dejaba sentir el consejo caprichoso del último extraño, antes que el suyo propio.

Curiosa la marquesa por carácter, y ya en segunda fila por edad, es excusado decir que las mujeres que más brillaban en los salones que ella frecuentaba eran el objeto preferente de su curiosidad. Y como Isabel brillaba sobre todas, Isabel fué la que más le llamó la atención. Por eso se hizo su amiga, y después su vecina, y, por último, su sombra. Con ella iba á todas partes; con ella volvía, y en su casa entraba treinta veces al día, si treinta veces pasaba por delante de sus puertas, bajando ó subiendo la escalera. Por supuesto que no se le ocultaba á Isabel la causa verdadera de aquella adhesión sin ejemplo; pero se reía de ella, la utilizaba en cuanto le era conveniente, y se resignaba gustosa á lo demás. La verdad es que la marquesa, en medio de tantos cuidados, no estaba á gusto en ninguna parte, ni dormía tranquila una sola noche.

La en que llegó Ramón á Madrid fué de las más borrascosas, alcanzándole al marqués no pequeña parte de la borrasca, empujado por la cual fué á dar el apreciable matrimonio al primer piso la mañana siguiente, en el momento mismo en que se disponían á salir Carlos y Ramón, y sin dejar á éste concluir la comenzada frase la estrepitosa locuacidad de la marquesa, que tomó el salón como terreno conquistado.

Hago gracia al lector de aquella granizada de palabras y de otras muchas que fueron su consecuencia; de la cara de vinagre que puso la marquesa cuando supo que un hombre tan ganso como Ramón podía ser cuñado de Isabel, y del pasmo que se apoderó de Ramón al presenciar aquella invasión inesperada.

—¿Y á qué debemos el gusto de ver á ustedes tan temprano honrando esta casa?—preguntó Carlos socarronamente cuando más tarde le fué posible hacerse oir.

—Acontecimiento, ¿eh?—respondió el marqués entre burlón y quemado.—¡Les digo á ustedes que ni lo de Waterloo!...

—Tan oportuno como siempre—observó la marquesa mirando á su marido con gesto del más soberano desdén.—Para este hombre—continuó,—no hay más asuntos importantes que los suyos.

—Egoísmo de sexo,—dijo Isabel.