—Para quien la desee.
—¡Será preferible un tierno doncel que te alimente con arrullos ó te vista con trovas!...
—Entre esas ilusiones romancescas y ciertas realidades como las que usted me recomienda, hay ancho espacio que recorrer... si llegara el caso, que, después de todo, aquí no ha llegado todavía.
—Pues es preciso que llegue y que, por de pronto, vayas sacando de tu cabeza esas quimeras que al fin han de perderte y de perdernos á todos.
—¡Á todos!... ¿Por qué?
—Porque... yo me entiendo. Mira, Enriqueta, soy tu madre y por ello no he de pedir para ti cosa que no te convenga. Yo te aconsejo, yo te suplico, ¿quieres más? no que aceptes desde luego las rendidas diligencias de ese potentado; pero que no le desanimes con tu obstinada esquivez. Tolérale y estúdiale, pues los hombres no son de cerca lo que de lejos parecen; y en todo caso, cuando le desdeñes, que sea porque lo merezca, no por una prevención caprichosa.
Como Enriqueta conocía bien las características tendencias de su madre, en nada le chocaban sus consejos ni sus «súplicas». ¡Cuán lejos estaba de sospechar que, por aquella vez, al pedir doña Sabina un yerno rico, le pedía con muchísima necesidad!
IX
Triste silencio reinaba en el escritorio de don Serapio dos días después de la última corrida celebrada en la misma calle por el estrepitoso don Romualdo, silencio apenas interrumpido por el charrasqueo de las plumas de los dos dependientes. El viejo tenedor de libros había sido llamado por don Serapio al departamento presidencial de éste, en el cual se llevaban ya más de hora y media á puertas cerradas. Los de afuera tenían orden de despedir á los corredores que llegasen, con la frase sacramental de «no ocurre nada», que quita, en los usos del comercio, todo pretexto á réplicas y observaciones impertinentes.
Hallábanse amo y dependiente, sentado el primero en su vetusto sillón; y de pie, junto á él, el segundo, ambos hojeando libracos y papeles amontonados sobre la mesa y el atril; don Serapio con los ojos enrojecidos, descubierta la cabeza y erizado el escaso pelo; el dependiente impávido y sereno, en espera siempre, como si fuera un libro más de la casa, de que se consultase alguna de sus páginas, para ofrecer, con mecánica lealtad, los guarismos estampados en ella.