—¡Qué exagerador!—exclamó la marquesa con voz ronca y como tratando de romper el pañuelo entre sus dedos crispados, fingiendo una indignación que estaba muy lejos de sentir.

—Por lo cual—continuó su marido sin hacerla caso,—he resuelto comprar enteramente al gusto del señor vizconde; y por eso, después de haberme comprometido ayer tarde á cambiar dos caballos que compré anteayer, le he citado á mi casa para hoy á fin de que vayamos juntos á la prueba esta misma mañana; pero como de costumbre, ha faltado á la cita. Mi mujer tenía prisa; el chalán está avisado para dentro de un cuarto de hora, y temiendo que otro me lleve la pareja si no acudo á comprometerla á la hora convenida, dejé en casa recado al vizconde para que vaya á reunirse conmigo... y aquí me tienen ustedes en marcha. Conque, con franqueza, ¿es empresa de tres al cuarto la que voy á acometer? ¿Está bien justificada mi desazón de anoche?

La marquesa continuaba exagerando su indignación al oir á su marido; Carlos é Isabel se miraban, y Ramón, no pudiendo soportar la calidad de aquellos dos, para él extraños caracteres, excitaba por lo bajo á su hermano á salir cuanto antes á dar el proyectado paseo.

Complacióle Carlos, y despidiéronse ambos sin grandes cumplimientos, acompañándolos el marqués y quedándose la marquesa todavía al lado de Isabel «unos instantes» que robaba de buena gana á su defendida, para dedicarlos «al amor entrañable que consagraba á su amiga».

Solas las dos, exclamó la marquesa con grandes aspavientos:

—¿Pero has visto qué marido, Isabel?

—¿El tuyo?

—Me da fatiga su estupidez.

—No sé por qué.

—¿No le oíste?