—¿Lo del vizconde?
—¿Y te parece poco?
—Ríete de ello.
—Sí, cuando pasa entre nosotros; pero ese majadero lo mismo lo cuenta en la Puerta del Sol, ó en pleno Casino.
—¿Y qué?
—La maledicencia cunde.
—Teniendo la conciencia tranquila como tú la tienes...
—¡Oh, lo que es eso!... Pero ocurre casualmente que ese hombre ha dado en asediarme con la más pegajosa galantería, y hasta parece que hace ostentación de ello...
—No importa: la virtud siempre triunfa.
—Vamos, Isabel, que si á ti te sucediera... Y á propósito—añadió con el tono de la mayor inocencia,—también á ti te distingue con no escasas atenciones.