—Distinciones bien poco placenteras, por cierto,—repuso Isabel ingenuamente.

—¿De veras?—dijo su interlocutora sonriendo maliciosamente.

—¿Y puedes tú creer otra cosa?—respondió Isabel de un modo que impuso á la marquesa.

—Pues anoche no lo creería nadie al veros,—se atrevió ésta á insistir.

—Mucho nos mirabas.

—Soy curiosa, ya lo sabes.

—Ó aprensiva.

—¡Isabel!...

—Repara, amiga mía, que no te llamé celosa; y mal pudiera llamártelo, cuando, según tu propia confesión, las atenciones del vizconde, lejos de agradarte, te molestan.

—Y te lo repito.