—Pues entonces...
—No es una razón el que á mí me desagraden sus obsequios, para que á ti...
—Muchas gracias, marquesa.
—¿Por qué me las das?
—Por el favor que me dispensas haciéndome capaz de aceptar lo que á ti te repugna.
—Cuestión de gustos, Isabel, que no afrenta á nadie.
—¿Me permites que te llame inocente?
—No me atrevo yo á llamarte otro tanto.
—Pues haces mal; y me lo llamarías con mucho derecho si supieras qué me preocupaba anoche cuando tú creías que me estaba absorbiendo el seso la galante travesura del vizconde.
—¿De veras?