—Me reí la primera vez, y la segunda... y aun la tercera; pero en fuerza de hallarme á esa mujer atravesada delante de mis deseos, y de verme contrariada á cada instante por tan ridícula manía, ha llegado á causarme el efecto irritante de una mosca impertinente.
—Pues tienes contra ella un remedio eficacísimo.
—¿Cuál?
—Sus escasas rentas. No tardará en rendirse por hambre.
—Sí; pero entre tanto, me martiriza... y me martiriza, porque yo soy la primera en conocer todo lo pequeño y pueril del asunto... ¡No sabes cuánto daría por tener noticia de un deseo suyo para contrariársele, especialmente antes de su reunión de esta noche!
—¿Estás invitada á ella?
—«La primera», según me afirmó.
—Te vendré á buscar entonces.
—¿Luego vas tú también?
—Yo soy la segunda invitada, puesto que tú eres la primera. Á mí no me disputa los vestidos, porque no estoy de moda como tú; pero en cambio cree que me lastiman mucho sus intimidades con el vizconde, y procura que las presencie con la frecuencia posible.