—De manera que el tal vizconde es universal...

—Está de moda también... Pero ¡Dios mío!—exclamó de repente la marquesa cambiando de tono y poniéndose de pie.—Mi pobre defendida está perjudicándose con mi conversación.

Y tendió sus manos y presentó ambas mejillas á Isabel.

—Quedo haciendo votos por el mejor éxito de tu noble empresa,—dijo ésta dándola un beso en cada carrillo y recibiendo otros dos simultáneos.

Y con esto y los apretones de manos y los adioses de ordenanza, salió la marquesa de la sala y quedóse en ella Isabel un poco pensativa.

Habíale enconado mucho sus resentimientos con la de Rocaverde el recuerdo de ésta evocado con su amiga, y se daba á cavilar con más empeño sobre un plan de venganza tan pronta como ejemplar.

Esto por una parte. Por otra, la sospecha de sus intimidades con el vizconde, manifestada por la condesa, no dejaba de escocerla un poco el ánimo. Verdad era que su conciencia estaba tranquila; verdad también que á la marquesa la hacía hablar un despecho de mal género, y verdad, por último, que la tal marquesa no tenía un adarme de sentido común; pero ¿no podía haber nacido aquella misma aprensión en otras personas más discretas? ¿Y á qué fin había de sospechar nadie de ella, que era honrada y leal á sus deberes?

La verdad es que Isabel permaneció largo rato sumida, aunque no muy profundamente, en esas meditaciones, y que sólo salió de ellas cuando un fámulo llegó anunciándole la visita del vizconde del Cierzo.

—¡Que no estoy visible!—exclamó con ira, encaminándose rápida á su gabinete.

Pero no tuvo tiempo de llegar á él. Acababa de entrar y se hallaba delante de ella, planchado, perfumado, pulido, rizado, intachable de elegancia y apostura, el anunciado personaje.