III

Antes de pasar más adelante, van á saber ustedes quién es ese dichoso vizconde tan traído y tan llevado.

Tenía apenas veinticinco años cuando murió su padre, dejándole una renta de cincuenta mil duros. Era hermoso, cuanto puede serlo el maniquí de un sastre parisiense, y había recibido la más acabada educación en los mejores picaderos, garitos y otros puntos culminantes de Madrid: en todas partes, menos en la universidad.

Así, pues, conocía en literatura el género flamenco, y en historia el reinado de don Juan Segundo, el famoso picador de caballos.

Por ende, tuteaba á Cúchares, se hombreaba con Leotard, y conocía á los artistas del hipódromo con todos sus pelos y señales.

Aunque de la pata del Cid, don Francisco Pérez de Vargas, Guzmán, Machuca, Moncada, etc., etc., y por contera vizconde del Cierzo, en la necesidad de elevarse á la región social que sus instintos apetecían, desprendióse de buen grado, como de otros tantos estorbos, de sus apellidos linajudos, y quedóse Francisco Pérez á secas. Pero, en su afán de popularidad, parecióle esto todavía poco gráfico. Faltábale al nombre cierto aderezo indispensable á un personaje de su posición y de sus aficiones. Felizmente, un banderillero resolvió la dificultad, llamándole una noche, en el Suizo, Frasco Pérez. Desde aquel instante quedó aceptado el nombre como mote de guerra, y comenzó á volar su fama por todos los rincones de Madrid y un poco más afuera.

Su prurito era la originalidad, y ésta la ostentaba en calles y paseos, en sus trajes, en sus trenes, y hasta en el dije más insignificante que llevara sobre su persona. Los sastres se le disputaban para vestirle, los zapateros para calzarle y las fábricas de coches para construírselos ajustados á su fantasía. Impuesto de este modo su gusto á los artistas, quienes de éstos se valían, por necesidad, no tuvieron más remedio que pagar algún tributo á las originalidades de Frasco Pérez.

Alardeaba de rumboso, y lo era; y para correr la fama de sus proezas de este género, contaba con un estado mayor de admiradores que, por afecto á su persona, y no por lo que se les pegaba, comían con él, asistían á su palco en los teatros, montaban sus caballos, paseaban en sus carruajes, y hasta se ponían sus abrigos.

Contábanse de él mil originalidades. Ya, que daba la puntilla á los caballos, ó que pegaba fuego á los carruajes que había regalado á sus queridas desechadas; ya, que hacía forrar de terciopelo y oro las paredes de la cuadra de su jaca favorita; ya, que regalaba una fortuna en pedrería á una bailarina en la noche de su beneficio; ya, que enviaba á planchar las camisolas á París, después de haberlas lavado en Andalucía... En fin, todo se contaba de él menos que hubiese dado jamás unos calzones viejos á un pobre. Eran, pues, sus gastos reproductivos, si no en dinero, en fama, que era lo que él buscaba; ambición tan legítima como cualquiera otra.

Pero esta fama no paraba en Madrid. Cándidos forasteros seguían de lejos la marcha triunfal de Frasco Pérez, y al tornar á sus hogares se creían muy honrados si llevaban una levita que se diera un aire á las que gastaba el famoso madrileño. Y de él le hablaban á usted en todas partes, y referían sus hazañas más ruidosas, y, aumentando el entusiasmo con la distancia, casi le ponían en la categoría de los grandes hombres de la época. De este modo, Frasco Pérez era tan popular en las capitales de provincia como en la de España; hasta el punto de que, provincianos que llegaban primerizos á Madrid, preguntaban dónde podrían conocer á Frasco Pérez, antes que por posada en que albergarse.