Cuando ya nada le quedó que ambicionar en punto á gloria, y cuando su caudal había sufrido no pequeña merma, acordóse de que existía otro campo en que espigar, en el cual podrían darle fácil entrada la fama de sus prodigalidades y su olvidado título nobiliario.

Así fué que, sin largas meditaciones, dejó la elegancia cursi con que tanto había brillado, los gabanes á media nalga, los tacones hiperbólicos, las corbatas de fantasía, los carruajes vaporosos, los lacayos macarenos, etc., etc., y se dió al boato serio: al saco de anchos vuelos, al severo frac, á la nívea corbata, al cochero asturiano de maciza pantorrilla, y á la grave carretela; olvidó las bailarinas por las marquesas, y se introdujo resueltamente en los salones del gran mundo, que se creyeron muy honrados al dar albergue á aquella oveja descarriada hasta entonces entre las escabrosidades y malezas de la vida airada.

Comenzaba á favorecerle también la fortuna en sus nuevas empresas, cuando se encontró con Isabel, y no tardó en conocer la diferencia que había entre este carácter y los que hasta entonces había tratado en la «buena sociedad». Parecióle su conquista, ya que no imposible, muy difícil, y trató de acometerla con los recursos de la estrategia más acreditada. Al efecto, estudió el terreno y estableció su principal batería en el de la marquesa del Azulejo, de facilísimo acceso, desde donde podía hostilizar á su gusto el objeto de sus afanes. Así se explica su familiaridad con Isabel, familiaridad que tanto había chocado á Ramón. Era el íntimo amigo y acompañante de la marquesa, y ésta no se separaba jamás de Isabel. Conocía perfectamente las horas á que estaban en casa y fuera de ella los distintos individuos de ambas familias, y sabía sacar gran partido de esta circunstancia.

Dígalo si no su falta de asistencia á la cita que le dió el marqués, según acabamos de oir á éste. Lejos de acudir á ella, observó desde sitio conveniente la salida de las personas que hemos visto despedirse de Isabel; subió á casa de la marquesa cuando estaba seguro de no hallarla en ella; bajó á la de su amiga, donde se coló como hemos dicho, y fingiendo sorprenderse mucho al encontrarla sola.

—Mil perdones—dijo:—me acaban de asegurar arriba que hallaría aquí al marqués, y me he permitido...

—El marqués—respondió Isabel con la mayor sequedad,—ha salido ya de aquí y le espera á usted.

—Efectivamente—repuso el vizconde, deseando entrar en conversación:—el marqués me necesitaba hoy...

—Como de costumbre.

—¡Tan temprano y tan satírica!

—No hay tal: él mismo acaba de confesármelo. Parece que le es usted indispensable, sobre todo en la elección de caballos para los carruajes de la marquesa.