—Cierto es que ha dado en el capricho de comprar ciertas cosas á mi gusto; y, consecuente en ese propósito, me citó para esta mañana, en su casa, á las diez y media; pero he venido algo más tarde y me he encontrado sin él.

—¡Contrariedad lamentable!

—No para mí, pues me proporciona el placer de ver á usted una vez más.

—Es usted incorregible.

—Y usted implacable.

—Soy buena amiga de usted, y quiero ahorrarle un trabajo inútil.

—Es usted muy compasiva—replicó con despecho el apasionado joven.—Lástima que no pueda yo corresponder con toda mi gratitud...

—¿Por qué no?

—Porque no es la compasión la recompensa que merece la pasión que usted me inspira.

—Vuelve usted á olvidar que habla conmigo,—dijo Isabel con glacial desdén.