—Y ¿qué haría yo—exclamó el vizconde con creciente entusiasmo,—para demostrar á usted todo lo grande, todo lo profundo del afecto que la consagro?
—Ocultarle donde yo no le vea.
—¿Le teme usted acaso?
Isabel miró al títere con la sonrisa más despreciativa.
—No, me repugna,—contestó en seguida.
—¡Virtud sublime!—exclamó con cierto tono de ironía.
—Mujer honrada, y nada más,—contestó Isabel con firme acento.
—¡Oh, yo te humillaré!—se atrevió á pensar el mentecato.
—Me permitirá usted recordarle—añadió Isabel cambiando de tono y dando un paso hacia la puerta de su gabinete,—que le espera el marqués.
—En efecto—respondió el vizconde rebosando de despecho:—lo había olvidado ya... Así, pues... hasta la noche,—continuó sin moverse del sitio en que se hallaba.