—Ya has oído que vino á casa después que tú saliste de ella. ¡Tenías tanta prisa!

—¡Ésta es más gorda! ¿Quién sino tú estaba de prisa? ¿Quién sino tú me hizo salir de casa á aquellas horas? Lo que te aseguro es que no tenía grandes deseos de encontrarme.

—Aprensiones tuyas.

—¿Aprensiones mías? ¡También es fuerte cosa que para todos has de hallar una disculpa siempre, menos para mí!...

—Eso te probará que no la mereces.

—Pues juzga tú misma la oportunidad con que se la aplicas ahora á tu amigo. Figúrate que, cansado de esperarle en la caballeriza y de pasearme por la acera de la calle y de mirar hacia todos los puntos por donde pudiera asomar, me acordé de que á aquellas horas solía hallársele en el bazar de su joyero haciéndole la tertulia con otros desocupados como él. Deseando concluir de una vez el enojoso asunto que me sacaba de casa, me voy en aquella dirección; llego á la joyería... y ¡te aseguro que tenía que ver aquello cuando yo entré!

Al decir esto cambió de tono el marqués adoptando un airecillo de maliciosa reserva; pero tan desgraciado, que no logró excitar la curiosidad de la marquesa.

—¿Y qué me importa eso?—repuso con el mayor desdén.

—Nada. Pero figúrate, para formarte una idea, que se trataba de cierto aderezo regalado por... cierto prójimo á... cierta mujer de su marido; que esta mujer le irá luciendo esta noche á la recepción de la Rocaverde, y que el podenco del marido irá quizás á su lado tan satisfecho y tan orondo...

—Todos son lo mismo.