—Hasta cierto punto, querida. Cosas hay que el más lince no las ve; pero hay otras tan gordas, que para dármelas á mí por corrientes, muy recio había de tronar.
—Porque tú eres una excepción... Pero, después de todo, ni ese lance tiene nada de raro, ni veo por qué me lo cuentas.
—De raro no tiene, en efecto, gran cosa, por lo que hace al fondo; pero hay algo en la forma que indigna. Bueno que cada hombre tenga un enredo, ó diez, ó veinte, si por ahí le arrastra el demonio, ya que hay mujeres que se prestan á ello; pero tenerlos de modo que todo el mundo los conozca y con el único afán de darse importancia, como le sucede á ese títere de vizconde... ¡Ay!... ya la solté.
Oirlo la marquesa y dar un brinco como si le hubiera picado un alacrán, fué todo una misma cosa.
—¿Conque según eso se trata del vizconde?—preguntó con ansiedad.
—Ya que lo dije...
—Y bien...
—Pues nada, que, por lo visto, llegó el vizconde á la tienda, que estaba llena de ociosos; pidió un magnífico aderezo, y después de hablar algunas palabras con el joyero, escribió en un papel algunos renglones, se los leyó por lo bajo á varios de los circunstantes, metió el papel en el estuche, puso éste en manos de un dependiente, y le dijo en voz recia:—«Á casa de...». Y pronunció un nombre muy conocido en Madrid. Después, volviéndose hacia los mismos á quienes había leído el papel, les dijo:—«Al vérsele puesto esta noche, me diréis si mis esfuerzos eran escarceos ociosos, como me asegurábais á cada instante». En este momento llegué yo, y chocándome estas palabras que cogí al vuelo, traté de que me las explicaran; pero sólo conseguí averiguar lo que te he contado. Ahora bien: como la dama es de copete y el vizconde hombre de ruido, calcula tú el que se armaría en la tienda con semejante suceso.
—Pero no me has dicho el nombre de esa dama,—repuso la marquesa echando lumbre por los ojos.
—En cuanto al nombre, hija mía—observó el marqués con la mayor ingenuidad,—no me fué dado averiguarle, por más esfuerzos que hice.