—Pues ¿qué me importa lo demás?—exclamó su dulce mitad en una verdadera explosión de ira.

—¡Ah! se me olvidaba lo más notable. Parece que el aderezo regalado á esa dama es uno que estaba destinado á la Rocaverde para esta noche.

—Le conozco entonces.

—¡Tú!

—Sí, porque ella me le enseñó en el escaparate al pasar, uno de estos días; pero me aseguró que era ya cosa suya, y en esta cuenta estaba yo.

—Pues ahí verás.

—¡Pero eso es una vileza!

—¡Bah! una de las viejas mañas de ese mozo, y nada más. Desengáñate, el vizconde no busca los triunfos sino por el escándalo, y le importa poco que existan con tal de que el público los acepte como hechos consumados.

—¿Y la honra de una mujer no merece más respeto?—dijo la ex-mística hecha una furia, como si ella fuese el guarda jurado del honor ajeno.

—Pues, hija mía, de tipos como el vizconde está lleno el mundo.