—¡Buen consuelo!

—Con tal de que os sirviera de gobierno...

—¿Para qué?

—Contesto á lo que preguntas.

—¡Estúpido!—murmuró la marquesa mirando á su marido con gesto despreciativo y volviéndole la espalda.

—Que se pierda por mala una mujer—pensó el marqués viendo alejarse á la suya,—vaya con Dios, si ése es su destino; pero que se la lleve el diablo, como á ésta, por averiguar lo que no le importa un rábano, no lo comprendo.

Y se quedó tan conforme.

VI

Aquella misma noche se hallaban alrededor de la chimenea en casa de Isabel, esperando á que ésta diera la última mano á su prendido, la marquesa, su marido, Carlos y Ramón. La primera, hecha una verdadera lástima de encajes y pedrería; el segundo, de rigurosa etiqueta; Carlos, de bata y pantuflas, y Ramón como siempre. El marqués revolvía los tizones; su mujer miraba sin pestañear los monigotes de la chimenea; Ramón no cabía en la butaca, de desasosiego, y Carlos, más pálido y ojeroso que nunca, miraba cómo se retorcían las cintas de fuego entre los tizones, que se iban consumiendo á su contacto, como la humana vida entre las malas pasiones. Ninguna conversación llegaba á formalizarse allí, por más que el marqués las apuntaba de todas clases, y Carlos trataba de conjurar aquella monotonía recordando á la marquesa su perdido pleito. Así se pasó una hora.

Al cabo de ella apareció Isabel.