Y aquí lamento yo mi falta de erudición indumentaria, pues por ello me es imposible decir al lector de qué tela era el vestido de la hermosa dama, cómo se llamaba cada pieza de adorno, cuántas eran estas piezas, á qué época de la historia respondía la falda, ó á cuál las ondulaciones ó escabrosidades del peinado, y tantísimos otros interesantes pormenores que no se le escaparían en este caso al último de los cronistas del «buen tono».

Únicamente diré, y eso por decir algo, que los altos del cuerpo del vestido iban sumamente bajos, y que los bajos de las mangas subían hasta muy cerca del sitio que debían ocupar los altos del cuerpo, merced á lo cual Isabel llevaba al aire libre mayor cantidad de carnes que la que autorizan una moral severa y los usos ordinarios de la sociedad. Esto aparte, Isabel estaba deslumbradora de hermosura... y de diamantes. Llevábalos sobre el pecho, sobre la cabeza, en las orejas y en los brazos; y aunque tan desparramados iban, Ramón reconoció en ellos los mismos que por la mañana había visto amontonados en un estuche. Este reconocimiento le hizo dar un brinco sobre la butaca, brinco que sacó á la marquesa de sus meditaciones y la obligó á volver la cabeza hacia Isabel: fijóse entonces en el aderezo, que brillaba como un incendio con los fuegos cruzados del salón y de la chimenea, y lanzó á poco un ¡Jesús! que hizo abrir un palmo de boca al marqués, que iba, con los ojos, de la marquesa á Isabel, de Isabel á Carlos y de Carlos á Ramón, sin acabar de comprender la causa de aquellos ademanes extremosos.

Carlos, entre tanto, observaba el cuadro con la mayor serenidad. Su rostro, como de costumbre, era un pedazo de mármol sobre el cual no asomaba el menor destello de la situación de su ánimo.

Isabel, objeto entonces del escándalo de unos y de la curiosidad de otros, se calzaba los guantes risueña; y de seguro era el personaje, de cuantos formaban el grupo, que tenía el alma, más en reposo.

Á todo esto, la marquesa había dejado la butaca; Ramón se paseaba por la sala hecho un veneno, y el marqués, acercándose disimuladamente á su mujer, le preguntaba por lo bajo:

—¿Qué pasa?

—El aderezo,—respondió ella con ira reconcentrada.

—¿Qué aderezo?

—¡El de tu cuento, imbécil!

—¿Dónde está?