—Sobre Isabel.
—¡Zambomba!—exclamó el meleno abriendo medio palmo de boca y mirando á Carlos con ojos de compasión.
—¡La gazmoña! ¡La virtud de bronce!—murmuraba trémula su mujer.
—¡Qué fortuna la de ese pillo!—se atrevía á pensar el marqués.
—Cuando ustedes gusten,—dijo Isabel, echando sobre sus hombros túrgidos un elegante abrigo.
Y mientras la marquesa se ponía el suyo y el marqués se vestía un gabán sobre el frac, Ramón, trocando en apacible su gesto de hiel y vinagre, se acercó al grupo diciendo:
—Un momento más, si ustedes me le conceden. En estos salones de Madrid, ¿se admite á los hombres honrados en su traje habitual?
—Según sea el traje,—contestó Isabel riendo.
—El mío, por ejemplo,—dijo Ramón muy serio.
—Tanto como eso...—observó Carlos movido de cierta curiosidad.