—Entonces—añadió Ramón dirigiéndose á éste,—te ruego que me prestes un frac con todas sus inherentes zarandajas.
Imagínense ustedes la sorpresa que causaría en los circunstantes tan inesperada salida.
—¡Extraña pretensión!—le dijo Carlos.
—Nada de eso—respondió su hermano:—he pensado que ver este pueblo en las calles, no es ver á Madrid; y como yo he venido á verle, de paso que á ti, quiero estudiarle una vez siquiera en los salones... aunque no sea más que por llevar algo curioso que referir en el lugar. Pero es difícil que vuelva yo á hallarme tan dispuesto como ahora á dar ese paso, y que se me presente una ocasión tan favorable como la reunión á que ustedes van esta noche. He aquí por qué me propongo asistir á ella, en la inteligencia de que Isabel no tendrá á desdoro presentar en la buena sociedad á un hermano tan rústico como yo.
—Pero ¿hablas de veras?—insistió Carlos lleno de extrañeza, mientras Isabel se hacía cruces y el marqués se pasmaba y la marquesa se daba á los demonios con aquella nueva contrariedad.
—Como si fuera á morirme,—respondió Ramón resueltamente.
—Entonces—dijo Carlos,—si estas señoras quieren tomarse la molestia de esperar un rato, yo me comprometo á transformarte en un elegante de primer orden.
—¿Y qué mayor gloria para mí—añadió Isabel riéndose de veras,—que contribuir á reconciliar con las vanidades del mundo á un filósofo como Ramón?
—Va á ser el gran acontecimiento de la noche,—observó el marqués con un poquillo de ironía.
—Será lo que usted guste—le dijo Ramón saliendo con su hermano;—pero me ha entrado ese antojo... y yo soy así.