—Á no ser sordo...

—Pues vaya todo por el amor de Dios.

—¿Y cómo te llamas tú?

—Pusiéronme por nombre Judas, con perdón de usté; pero hablándole con franqueza, Macabeo me llaman las gentes, y por Macabeo respondo, porque no hay injuria en ello.

—Me parece bien. Pues tampoco yo me ofendo de que me llaméis Pateta: antes me hace gracia.

—¡Yo lo creo! —exclamó el espolique, con tal acento de ingenuidad, que hizo soltar la carcajada al caballero.

Quedóse un instante perplejo Macabeo, y añadió:

—No veo esa risa muy al símilis de la cosa.

—Con franqueza, Macabeo, y como si te confesaras conmigo: á tí se te viene figurando desde que salimos de casa, y, sobre todo, desde que andamos por la hoz, que á la hora menos pensada me ves escapar monte arriba convertido en nubarrón de azufre.

Ignoro hasta qué punto sería acertada esta suposición del de á caballo; pero me consta que á escondidas de él hizo Macabeo la señal de la cruz, y se encomendó por lo bajo á Santa Bárbara. Después replicó: