—Eso es ya mucho suponer, señor.

—Pues mira, es una suposición que te honra más de lo que te figuras.

—No veo el ite de esa honra.

—Yo haré que le veas. Hay dos cosas, amigo Macabeo en el trance en que nos hallamos, que me causan mucho asombro. Es la primera el que se me haya buscado para ir adonde vamos; y la segunda, que tú, con el juicio que tienes formado de mí, te hayas atrevido á llevarme el recado y acompañarme en noche tan infernal por sitios como éste. Pensando como tú piensas, ¿te parece que se necesita poco valor para hacer lo que estás haciendo?

—Yo no hago más que cumplir con mi deber, señor, y se estima la alabanza. Pero aunque usté no se equivocara en el pensar de mí como piensa... y cuente que se equivoca en más de dos tercios, ya le tengo dicho que en agarrándome yo á ésta...

Y volvió el espolique á formar la cruz con los dedos y á mostrársela al de á caballo, iluminada por la mortecina luz del farol.

—No te canses, Macabeo —díjole el otro sonriendo—, que no estornudo aunque me enseñes las cruces á puñados.

—Pues téngase firme —replicó Macabeo deteniéndose de pronto y casi arrastrando el farol por el camino—, que sin cruces ni conjuros puede usté irse por este derrumbadero abajo. ¡Pues dígote que se ha llevado el agua medio sendero!... ¡Y que no hay altura que digamos!... Por aquí mesmamente se esborregó el otro mes la jata de la mi vecina... Ni el cuero se aprovechó, que como criba se puso antes de llegar al río... Échese lo más que pueda hacia el ribazo... Así... Fortuna que hay farol, y el viento no alcanza aquí, que si no, no es el hijo de mi padre el que le deja pasar sin apearse.

—Pero ¿cuándo se acaba este camino de cabras? —preguntó el caballero después de salvar el mal paso.

—Poco nos queda ya de él, señor. Salvo tropiezo que no es de esperar, en diez minutos llegamos á la salida. Después tomamos á la derecha; luégo la carreruca de un can, y aticuenta que estamos en casa.