—Nunca tan larga como esta noche me ha parecido la hoz.
—Es motivao á la nube, créalo usté, y á la espera que tuvimos detrás de la peña. Pero, gracias á Dios, el trueno ya está lejos, el viento calmándose, y de agua, ni pizca.
—Ocasión de perlas, amigo Macabeo, para que me cuentes cómo se obró el milagro de que esas almas piadosas se acordaran de este pecador impenitente, que diez años hace no se trata más que con su sombra y su conciencia.
—¡Qué milagro ni qué caráspitis, hombre! —repuso Macabeo sin dejar el trotecillo que llevaba delante del jamelgo—. La cosa vino rodando por sí mesma. Es la pura verdá, y no se ofenda: que de usté se digan haches ó erres, como de cada hijo de vecino, ó un poco más si á mano viene, no quita que al hombre de saber se le tenga en lo que vale. El caso apuraba, créalo usté... El otro, aquí que naide nos oye, y esto no sea para ofenderle, á mi modo de ver no sabe andar más que en un carril... Allá tiene su aquel treinta años hace, y lo mesmo lo arrima al hígado que al bazo. Para mí, salvo mejor pensar, no sabe jota de los libros que andan hoy.
—¿Y quién os ha dicho que yo sepa más? —preguntó el encapuchado.
—Voces que han corrido desde que usté bajó á estas tierras.
—No será por los milagros que he hecho en ellas.
—Séase por lo que fuere —continuó Macabeo sin dejar de saltar de morrillo en morrillo, buscando lo menos blando y escurridizo de la senda—, la cosa es cierta, según personas que lo entienden; y digo que, en lo tocante al otro, hubo quien pensó como le estipulo; y como no faltó quien otorgara, díjose en postre y finiquito: «hágase el milagro, y hágale el diablo.» Entonces la señorita doña Águeda... Créalo usté, señor, veinte años tiene escasos, y más de cuarenta se le echaran de estudios, por lo mucho que sabe... Le aseguro á usté que es el remo de aquella casa... Digo que cogió la pluma; y llorando á lágrima viva, porque la infeliz tiene los cinco sentidos puestos en su madre, y lleva ocho días sin desnudarse, ras, ras, escribió la carta que yo entregué á usté en sus manos propias.
—Discreta era la tal carta, y bien sentida.
—¡Le digo á usté que lo hace de perlas, caráspitis! Pues la emperejiló en un santiamén... El miedo de la venturada era que usté dijera que nones.