—Pues mira tú si he sido afortunado la única vez que en diez años no lo he dicho. Ahora, sea usted bueno y caritativo. ¿Qué te parece á tí, Macabeo?
—¡Caráspitis, que no dice usté lo que siente! El mal te pese, que el bien nunca estorba á los ojos de Dios. Con más ó menos recua, arrieros somos todos, que en el mundo nos encontramos; y el bien que aquí se nos cae de la mano porque no nos hace falta, á lo mejor florece donde nos viene de perlas... Pues á lo que le iba, y usté perdone. Escrita la carta, faltaba traérsela á usté. Los buenos andadores no abundan en el pueblo; la nube asomaba por la cumbre de los Milanos... ¡mala señal! el trueno no podía faltar; la noche había cerrado... Pero ¡qué caráspitis! los hombres son para las ocasiones: soy de buen andar, conozco la hoz como si la hubiera parido; con un farol y un palo, lo mesmo es para mí el día que la noche; y por último, la caridá es caridá, y si está de Dios que me ha de matar un rayo, igual me ha de caer encima metido en casa que andando á la santimperie... Y ¡caráspitis! vivos estamos á la presente, y con el recado á medio hacer.
—Cuando yo te decía, Macabeo, que eres todo un valiente...
—Hombre, tanto como valiente, no digamos; pero leal y agradecido al pan, ya es otra cosa.
—Por las trazas, ¿eres sirviente de esas señoras?
—Punto menos que si lo fuera. Mi padre y mi madre de su pan comían, porque sus tierras trabajaban; y yo, al amparo de ellos, no salía de aquella casa. Muriéronse los buenos de Dios, y la plaza de entrambos la ocupo yo solo.
—¿Qué familia tienes?
—Ni padre ni madre, ni perruco que me ladre.
—Pero tendrás quien te ayude...
—Naide. Soy Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.