Como en los ojos de don Sotero había algo de la virtud de los del tigre, no tardó en conocer al paseante.
—Sube —dijo á Bastián muy callandito—, y dí que enciendan la vela de mi cuarto.
Llegó Bastián al portal; saludó de mala gana con una sombrerada y un gruñido al caballero, y entró en la casa.
En tanto, acercóse don Sotero á éste, y díjole muy afable:
—¡Usted á estas horas por aquí, señor don Fernando!
—Yo por aquí á estas horas—, respondió secamente nuestro conocido personaje.
—Pues ¿cómo no me hizo la visita esta mañana, y se hubiera ahorrado un viaje molesto?
—Porque á cada cosa hay que darle la luz que le conviene. El sol radiante para los ángeles; las tinieblas...
—Para el demonio —concluyó don Sotero con una risotada—. ¿No iba usted á decir esto, señor don Fernando?
—Ó una cosa muy parecida.