—Alabo la franqueza, y le aconsejo que nunca prescinda de ella cuando hable conmigo... Yo soy así, don Fernando: nada me asusta ni me sorprende. Espinas, bofetadas y cruz sufrió el Señor por nosotros: ¿qué mucho que un pecador como yo padezca injusticias de los hombres?... Por lo demás, repito que me extraña la hora de su visita.

—No fueron á mejor luz las otras dos que le he hecho en toda mi vida. Nada tiene, pues, de raro el presente caso.

—Sea como usted quiera, amiguito; y, si le parece, subamos y honrará mi casa.

—Subamos —dijo Fernando—, que aquí no estamos bien.

Echó por delante don Sotero, y desde el estragal llamó á Celsa, que no tardó en asomar en lo alto de la escalera, con un candil en la mano. Á su luz mortecina y pestilente, atravesaron el desnivelado corredor, y luégo la desmantelada sala, y entraron en la alcoba que ya conocemos, sobre cuya mesa ardía media vela de sebo en la ya inventariada palmatoria de hoja de lata.

No quiso Fernando sentarse en la única silla que había allí, por más que le instó don Sotero, después de cerrar la puerta de la sala y la de la alcoba.

—Estoy de prisa —dijo mirando con repugnancia cuanto le rodeaba—, y mi visita ha de ser breve. El motivo de ella demostrará á usted que aun sin su advertencia de esta mañana, se la hubiera hecho.

—¿Quiere decir que viene usted ahora á mi casa motu proprio, no porque yo se lo exigiera?

—Cabalmente.

—Sea en buen hora; que yo no he de pararme en cosas de tan poco momento.