—Ante todo —prosiguió Fernando— quiero saber qué tiene usted que decirme.
—Poca cosa, caballerito —respondió don Sotero rascándose la punta de la nariz—; poca cosa... y eso poco, por lo que afecta á la tranquilidad de mi conciencia; pues de otro modo, me guardaría yo muy bien de inmiscuirme en negocio semejante. ¡Harto le desvelan á uno los propios, para que desee enderezar graciosamente los ajenos!
Diciendo así, acercóse más el pío varón á Fernando; y después de tomar la actitud humilde y resobona que le era peculiar en los trances graves, prosiguió:
—No ignoro, señor de Peñarrubia, que en vida de la señora doña Marta Rubárcena de Quincevillas (que en santa gloria esté) hubo entre usted y ella algunas discordancias, que dieron por resultado el quebrantamiento de la amistad que hasta entonces había hallado usted en aquella honrada y opulenta casa.
Fernando frunció las cejas y miró con gesto de ira y despecho á don Sotero. Éste continuó imperturbable:
—El motivo de las discordancias... ya usted le sabe; los principales móviles que arrastraban á usted á aquella casa, ¿á qué puntualizarlos aquí?... en cuanto á lo cuerdo y transcendental de la medida tomada por la previsora, sabia y santa madre, ¿qué he de decir yo que usted no sepa?
Fernando estuvo á pique de arrancar del gaznate lengua que así profanaba lo que él ponía sobre su corazón, como sagrada reliquia. Tampoco pareció notarlo don Sotero, y siguió hablando así:
—Mantener en todo su vigor el acuerdo tomado, fué su pensamiento hasta el último instante de su vida; y para que, más allá del sepulcro, la humana debilidad no hiciera inútiles sus previsiones, dejó el encargo de que la secundaran en sus santos propósitos á dos personas que la merecieron en vida completa y omnímoda confianza. Yo, aunque indigno, soy una de esas personas; y en este momento, por ausencia de la otra, el único encargado en la tierra de hacer que se cumpla la última voluntad de aquella santa mujer.
La noticia dejó yerto á Fernando. ¿Qué iba á ser de Águeda en manos tales? Conste, en honra del enamorado joven, que no pensó en otra cosa en aquel instante. Y á lo dicho, añadió don Sotero todavía:
—No me negará usted, amiguito, que las prescripciones de la difunta doña Marta, en lo relativo al asunto de que voy hablando, han sido quebrantadas por ustedes mucho antes de lo que yo esperaba, aun teniendo en cuenta los naturales ímpetus de la juventud; y no extrañará, por consiguiente, que le amoneste y excite, á fin de que retroceda en el camino que parece haberse trazado; ni que le prevenga que estoy resuelto á hacer que prevalezcan vigentes los acuerdos tomados con usted en vida de la susodicha y precitada señora, por todos los medios que estén á mi alcance. Es caso, como usted ve, de conciencia; y yo con la conciencia soy muy rígido.