Qué tumultos de ira, de asco, de indignación, de lástima, y de todo cuanto punza, oprime y subleva el alma, sintió Fernando en aquel instante, imagíneselo el lector.
—Renunciando —dijo, dominándose cuanto pudo— al intento de buscar los verdaderos móviles de esas advertencias, porque los fondos cenagosos é infectos no son para todos los estómagos, he de advertirle que si, en lo tocante á los medios de que piensa valerse, confunde los de su cargo con algún otro que ha puesto en sus manos... el oficio, no ha de lograr muy fácilmente el intento que le guía. De todo me creo capaz, menos de pactar con usted, en bien ni en mal, cosa que á ese asunto se refiera.
—Sea todo por el amor de Dios —dijo don Sotero hecho una malva—. Pero conste que está usted advertido... por lo que pueda suceder... Y ahora —continuó, restregándose las manos—, dígame á qué debo la honra de su visita, puesto que no ha sido causa de ella mi indicación de esta mañana.
Fernando, por toda respuesta, arrojó sobre la mesa un cartuchito de monedas, y dijo al mismo tiempo con seca voz y muy mal gesto:
—Cuente usted.
Volvióse lentamente don Sotero; cogió el cartucho, le abrió, examinó las monedas, que eran de oro, en la palma de la mano, y las contó una á una.
—Cuarenta centenes —murmuró—. Poca cosa. Cuatro mil reales justos.
—Esas son —dijo Fernando—, mis economías de todo el año; las guardé como un tesoro para aliviar, con el propósito que representan donde ahora están, parte del peso de una deuda que me oprime el alma, como la mayor de las ignominias.
—Hombre —dijo aquí don Sotero con burlona sonrisa—, ¡tiene usted una moral muy chusca!... porque supongo que esa andanada de palabrotas y actitudes terribles, no la ha soltado usted contra sí propio, sino contra mí que le saqué del apuro.
—Anote usted esa cantidad en mi recibo —repuso imperiosa y secamente el joven, poco dispuesto, por las trazas, á entrar con don Sotero en disputas sobre moral.