Sacó éste, con mucha flema, un legajo del arcón, y del legajo un papel; y después de leerle entre dientes de modo que Fernando le entendiera, sentóse, humedeció la pluma en los no muy empapados cendales del tintero, y escribió, cerca de la firma que en el papel había, lo que el joven deseaba.
—Está usted servido, caballerito.
Se acercó Fernando á la mesa, y leyó lo escrito en el papel que el otro no soltó de las manos.
—Y ahora —añadió don Sotero, mientras volvía á meter el papel en el legajo, y el legajo y las monedas en el arcón—, hágame usted el obsequio de oirme unas cuantas palabras muy al caso; que también á mí me gusta dar á cada cosa la luz que le corresponde.
Cargóse Fernando, siempre ceñudo y avinagrado, sobre una pierna, mientras se daba golpecitos en la otra con su látigo de montar; y acercándosele don Sotero, le habló así, guardando al mismo tiempo los anteojos en un estuche de hoja de lata, forrado por dentro de bayeta verde:
—No hace todavía un año, se me presentó usted en este mismo sitio, pálido y desconcertado. Jamás había cruzado yo una palabra con usted; pero le conocía de verle entrar, muy pocas veces, por cierto, en casa de la nunca bastante llorada doña Marta Rubárcena de Quincevillas (que santa paz disfrute). Díjome usted, sobre poco más ó menos: «Abusando de mi inexperiencia en las intrigas del mundo, logró un malvado la garantía de mis reiteradas é insistentes recomendaciones, para cometer una estafa en un centro donde el nombre de mi padre goza de grande y merecido prestigio. Acabo de saberlo, y quiero pagar el valor de lo estafado, sin pérdida de un solo momento; antes de que la idea de mi complicidad en tan infame delito pueda cruzar por la mente de la víctima, ó de que mi nombre corra el riesgo de figurar junto al del ladrón en un proceso. ¿Puede usted y quiere librarme de estas horribles contingencias, y del bochorno de hacérselas conocer á mi padre para obtener su auxilio, que no me faltaría, proporcionándome la cantidad que necesito, con las condiciones que usted quiera?...» La cantidad, señor don Fernando, ascendía á la friolera de dos mil duros redondos. Púselos á su disposición; y aun, de mutuo acuerdo, yo mismo se los situé en Madrid, sin pérdida de correo. Y pregunto yo ahora: ¿haría un padre por su hijo más que lo que yo hice por usted?
Fernando miró al prestamista con gesto de amarga ironía, y le preguntó muy sosegadamente:
—¿De qué suma aparezco yo deudor en el recibo que le dejé en prenda?
—De la que procede por ley inexorable de la aritmética: de seis mil duros justos.
—Ya es algo eso, aunque no todo... Y ¿qué le parece á usted de la garantía... que usted se tomó?