—Que es la única que usted tenía y debía ofrecerme. Pagarme, cuando usted herede, con lo primero y más seguro que aparezca en el cuerpo de bienes hereditarios, si antes, ó por otros conceptos, ó después, á falta de aquéllos, no adquiere usted...

—¡Pues esa es la infamia! —dijo Fernando exaltándose—: ¡hacerme á mí capaz de ofrecer la muerte de mi padre por garantía de un préstamo!

—Y ¿por qué lo firmó usted?

—Porque explotando usted maravillosamente la ansiedad en que yo me hallaba entonces, se guardó muy bien de leerme lo que escribió á su gusto en el documento. Cabía en mí la sospecha de que el favor me saliera caro en dinero, aunque no tanto como me ha salido; pero lo inicuo de este contrato no se lo imagina fácilmente quien no es capaz de cometer tal iniquidad. Cuando pasó el peligro que temía, y con él la fiebre que me devoraba, me acerqué á usted para tener exacto conocimiento del compromiso que había contraído. Entonces fué cuando supe que por huir de dar un pasajero disgusto á mi padre, me había puesto en peligro de matarle con la pena de saber que tiene un hijo capaz de firmar lo que yo he firmado.

—Vamos á cuentas —repuso don Sotero muy sosegadamente—, y á cuentas muy claras; y veremos al fin de ellas qué queda de justicia en los cargos que usted me hace. Empecemos por el precio que he puesto, y que tan alto le parece, al préstamo que le hice. El veinte por ciento sobre cuarenta mil reales, importa ocho mil cada un año. Suponiendo que le queden diez de vida (Dios se la dé muy larga y colmada de bienes) al doctor Peñarrubia, se habrán acumulado ochenta mil reales de intereses. Ochenta, y cuarenta mil de préstamo, hacen justamente ciento veinte mil... ¡y todavía renuncio al interés correspondiente á la acumulación! Verdad que puede usted decirme: ¿y por qué me cobras un rédito tan crecido?... Por los riesgos, señor don Fernando, por los riesgos... que no son pocos. Puede su padre de usted vivir muchos años todavía; puede comerse en vida todo lo que tiene; puede usted morir antes de heredar... ¡qué sé yo cuánto puede ocurrir en tan largo plazo! Y todas estas contingencias se tienen en cuenta en los usos ordinarios del comercio... En cuanto á las garantías que usted me ofrece en el recibo, ¿tiene usted otra mejor, por ventura? ¿Tanto abundan en el mundo los pródigos que prestan dinero bajo la fe de la palabra, ó con la hipoteca sola del entendimiento ó de la gallardía de la persona?

—¿Y por qué no dijo usted eso mismo antes de hacerme el préstamo?

—Hablemos claros, señor don Fernando: lo que á usted le inquieta es el temor de que yo pueda esgrimir contra usted ese arma que ha puesto en mis manos una casualidad.

—Y ¿por qué no he de temerlo?

—En ese caso, habrá motivos, en opinión de usted, que lo justifiquen.

—Que le justifiquen, no; que lo hagan posible, sí: ¡de todo creo capaz á quien de tal modo sorprendió mi buena fe!