—Muchas gracias, caballerito, por el juicio que le merezco —respondió don Sotero, risueño y dulce como nunca—. No obstante, y en testimonio de lo acertado que anda en él, quiero declararle que según sea la conducta de usted en lo referente al asunto que tanto se roza con el cargo que pesa sobre mi conciencia, y del cual hablé á usted antes, así será el uso que yo haga de este documento.
—Pues claridad por claridad —replicó Fernando—: no firmo pactos con usted, ni acepto condiciones en nada que se relacione con el asunto á que alude; y ni aun por hallarse investido del cargo á que se ampara, consentiré que se me atraviese usted en el camino. ¡Juzgue, por esto que digo, de lo que seré capaz de hacer si sus inclinaciones, ó sus conveniencias, le arrastran á cometer una nueva felonía conmigo!
Con esto abandonó el joven la estancia, bajó á tientas la escalera, desató el caballo, montó en él y salió del pueblo hacia la sierra por caminos desusados; pues no quería ser visto en aquella ocasión, y la luna alumbraba con exceso las callejas frecuentadas.
Don Sotero no se enderezó hasta que oyó sus pasos en el portal; entonces dijo, con sonrisa burlona, hasta enseñar todos los dientes:
—¡Mentecato! ¡Pues no se ha figurado que al herirle con ese arma voy á descubrir el cuerpo?
Después llamó á Celsa, y la mandó preparar la cena.