LO QUE SE DECÍA

Ya que en Valdecines estamos, y de noche y con luna, hemos de dar un vistazo á la botica. Porque en Valdecines había, á la sazón, y habrá hoy probablemente, su poco de botica, de la cual se surtían, en los trances muy apurados de la vida, hasta siete pueblos de tres leguas en contorno. «Su poco de botica» dije, porque, en rigor de verdad, la de Valdecines no era botica por entero. Por de pronto, el boticario, hombre que ya pasaba de los sesenta, así manejaba la espátula en su laboratorio, como el zarcillo en la huerta, ó el hacha en el monte cuando le pedían muy caro por bajarle un carro de leña; pues, como él decía al tachársele estas inconveniencias profesionales, los tiempos corrían apurados, el arte no lucía, y la familia, femenina sin una sola excepción, abundante y desacomodada, á eso y á mucho más le obligaba... por ejemplo, á ser industrial con matrícula, sin dejar de ser científico con real diploma; razón por la que, en el no muy holgado local de la botica, lo mismo se despachaban píldoras y vomitivos, que sogas de esparto, clavos de ripia y jabón de Málaga; de donde resultaba, á creer á los marchantes, que las medicinas de aquella botica supiesen á especias y bacalao, y á cerato y á valeriana los comestibles de aquella tienda. Y como entre la mesa de la oficina y el mostrador no había solución de continuidad, en ausencia del boticario despachaba las recetas aquélla de sus hijas que estaba de turno en el mostrador; y, por el contrario, en ausencias de la hija, servía el farmacéutico á los parroquianos de la tienda.

No faltaba quien, en el pueblo y fuera del pueblo, murmurase de estas informalidades en el transcendentalísimo manipuleo de los jaropes; pero á esas murmuraciones respondía el farmacéutico, con muchísima razón, que la culpa estaba en los mismos murmuradores que se resistían á pagar, por todo un año de asalareo, más de dos celemines de maíz, ó de veinte reales en dinero. ¡Vaya usted por todo ese tiempo y esa cuota á surtir de medicamentos á una familia entera, y oblíguese, con las ganancias, á tener mancebo que le supla en ausencias y enfermedades! ¡Gracias si de sus preparados contra lombrices y jaldía, en los cuales achaques era el tal farmacéutico un especialista de cierta fama, sacaba un adarme de jugo para endulzar los amargores de su penuria! ¡Y gracias también á que, con el sistema de don Lesmes, apenas despachaba en el pueblo más que recetas de zaragatona! Lo cual no le impedía acribillar al pobre cirujano con zumbas y dicterios muy á menudo.

Solía ayudarle en la empresa, aunque recargando el auxilio con durezas y groserías jamás merecidas de un hombre tan inofensivo en su conversación como don Lesmes, la tercera capacidad del pueblo, ya que no lo fuera por el entendimiento, por la profesión que en él ejercía, aunque también á medias, como el boticario la suya. Refiérome al maestro de escuela, hombre de tanta edad como el cirujano y el farmacéutico, y lo mismo que ellos, forrado en antiguallas y rutinas, con un geniazo bestial, apegado á la pauta y al puntero, y, sobre todo, á la palmeta, sin que leyes, ni métodos, ni tratados, lograran hacerle cambiar de sistema, ni tampoco obligarle á dejar la plaza en beneficio de profesor más apto y competente, según rezaba y lo exigía la ley imperante. Pero, sin duda alguna, las cosas de Valdecines se imponían por su propia virtud al Estado mismo; ó, al contrario, tan poco realce tenía el pueblo en el mapa general, que nadie se acordaba de él sino para sacarle las contribuciones y los quintos; por lo que, en punto á médico, botica y escuela, atrasaba dos siglos muy cumplidos en el reló de los tiempos.

Volviendo al maestro, digo que cobraba mal los cincuenta celemines de maíz que le pagaba el pueblo, amén de veinte ducados para camisa y hogar; y que parecía empeñado en indemnizarse de estos daños y perjuicios con el pellejo de los muchachos, á quienes desollaba vivos cuatro veces á la semana, que eran los días, mal contados, que en ella daba escuela.

Por lo demás, alardeaba de docto y de consagrar lo mejor de su vida al perfeccionamiento de la enseñanza elemental, y aun de la misma lengua patria, contra cuyos perfiles y sutilezas bramaba como una bestia. Déjase comprender por esto que también era hombre de sistema. No había leído á Fray Gerundio de Campazas, y, sin embargo, en punto á ortografía y otros requilorios gramaticales, se parecía al Cojo de Villaornate como un barbarismo á otro barbarismo. No he de exponer yo aquí sus luminosas teorías, porque, sobre no venir al caso, nos ocuparía mucho terreno.

Esperaba que la Academia, aplaudiéndolas, se las recomendaría al Gobierno para la procedente recompensa; y en eso andaba desde años atrás, faltándole siempre dar la última mano á la Memoria razonada que tenía escrita.

Estos proyectos y el mucho pan que le comían, sin ganarle para un par de zapatos, los cinco hijos que sumaba, entre hembras y varones, le absorbían la mejor parte del poco entendimiento que le cupo en suerte. El resto le consagraba á hacer almadreñas y colodras, que se vendían, aquéllas en invierno y éstas en todas las estaciones del año, en la tienda del boticario.

Pues digo ahora que estos tres sujetos, el cirujano, el boticario y el maestro, cada vez que se hallaban juntos reñían indefectiblemente; siendo de advertir que se juntaban todas las noches en la botica; y, asimismo, que desde su consulta con el doctor Peñarrubia, el bendito don Lesmes estaba inaguantable de vano y satisfecho, lo cual exasperaba al pedagogo y sacaba de quicio al farmacéutico. De modo que, desde aquella fecha memorable, la discordia aparecía entre las tres susodichas capacidades de Valdecines, anticipándose á los trámites acostumbrados.