En la ocasión en que se las he presentado al lector, el boticario hacía píldoras sobre la mesa, y sus dos amigos departían con él desde la pared de enfrente, acomodados en sendos taburetes de pino, aunque muy separados entre sí.
Apenas comenzada la sesión, ya chisporroteaba; y eso que don Lesmes, con su comedimiento habitual, había expuesto técnicamente á sus contertulios el estado de cada uno de los enfermos existentes en el pueblo, cosa que hacía todas las noches, y no había citado más que tres veces á su «íntimo amigo» el doctor Peñarrubia; pero cabalmente había visto el maestro á Fernando salir de la casa; y con el último sahumerio al padre, asaltó al pedagogo este recuerdo del hijo. Habló del caso con su habitual aspereza, y concluyó diciendo:
—¡Se necesita tener muy poca vergüenza para hacer lo que ha hecho hoy ese mequetrefe!
—Pues ¿qué ha hecho? —preguntó don Lesmes en tono de negar importancia al suceso.
—¡Saltar, como quien dice, sobre el cadáver de quien le echó de casa, para volver á entrar en ella!
—Creo yo —repuso el cirujano— que para hablar de ese modo de una persona, se necesita conocer muy á fondo los motivos.
—¡Pamplinas llamo yo á esos reparos! —dijo el maestro dando un garrotazo en el suelo y echando lumbre por los ojos.
—Pues yo le digo á usted —respondió el cirujano contoneándose en su taburete— que estoy muy al tanto de lo que pasa en la familia de mi querido amigo y compañero el doctor, y que conozco los secretos más íntimos de esas señoras (como que entro y he entrado en su casa con la misma franqueza que en la mía); y puedo asegurar que, en la ocasión presente, se equivoca usted en cuanto asegura.
Bufó el maestro, entre burlón y furioso, y replicó á estas palabras de don Lesmes:
—¡Chanfaina, y rechanfaina, y requetechanfaina! «¡Mi amigo el doctor!...» ¡puá!... «¡Mi compañero el doctor!...» ¡buf! ¿De cuándo acá, zurriascas, le vienen á usted esas herencias? Ayer era para usted, como para toda la comarca, Pateta el herejote. Habló con él una vez, y eso para matar entre los dos á la pobre señora, y ya es un santo y un caballero y un amigo íntimo suyo. ¡Zurriascas! ¡Yo llamo al pan pan, y al vino vino, y no cato ogaño lo que antaño me amargó!