Don Lesmes sufrió impávido esta descarga, y respondió á ella con muy acentuada solemnidad:

—En la vida profesional ocurren á menudo estos lances. En una persona aborrecida por antojo, se halla á lo mejor un caballero perfecto y un amado condiscípulo, como á mí me ha sucedido esta vez con el doctor Peñarrubia.

—¡Zurriascas!... ¿Lo oye usted, don Casiano?

Don Casiano era el farmacéutico, que, á la sazón, tenía los brazos levantados y se ocupaba en redondear una píldora con cada mano, entre el pulgar y los dos primeros dedos. En esta postura siguió, con cara de pesadumbre, los primeros lances de la porfía; pero al llegar el cirujano á decir las últimas palabras, cargó el ceño de tempestades. Así es que á la pregunta del maestro, respondió, aplastando las píldoras entre las antes suavísimas yemas de sus dedos:

—¿De manera que andará usted á dos palmos de salir de angustias? Amigo y condiscípulo de doctor tan resonado y pudiente, cátate la zaragatona en triunfo; porque el tal leerá la disertación, la mandará arriba... y se declarará de texto en San Carlos. ¡Miserímini mundanorum!

—Pues, hombre —replicó don Lesmes con mucha calma—, de menos nos hizo Dios. Por de pronto, sépase usted que se enteró de mi sistema, y le tuvo en mucho; que quedó en enterarse más á fondo de él; que me ofreció todo su valimiento para hacerle triunfar, y que si á la presente no está la memoria en Madrid aprobada á claustro pleno, culpa mía es por no haberme llegado un día á Perojales... ¡Y á fe que buen empeño tuvo en ello!

—¡Zurriascas! —dijo á esto el intemperante pedagogo—. ¡Si eso fuera verdad, diría yo que era Pateta tan simple como usted!

Tampoco esta vez se descompuso el cirujano; antes bien, echó á broma los dicterios y respondió al pedagogo con estas palabras solas, aunque envueltas en una sonrisilla irónica:

—¡Qué más apeteciera usted que un padrino así para sacar á flote sus luminosos reparos á la gramática castellana! ¿Quiere usted que le hable del caso?... Porque la obra lo merece, ó yo no entiendo jota de esos achaques.

—¡Como de los que salen al pulso: ni más ni menos! —dijo el maestro, apoyando las dos manazas sobre el garrote y mirando, rojo de ira y enseñando los dientes, al cirujano—. ¡Y ahora entienda usted, y entienda ese fantasmón del otro mundo, que de los dejados de la mano de Dios no quiero yo ni el aire para respirar!... ¡Zurriascas!