—¡Bien dicho! —exclamó al oir esto don Casiano, arrojando las dos píldoras que tenía entre los dedos, sobre un montoncillo de polvos de regaliz.

—Bien dicho estará —replicó don Lesmes comenzando á enardecerse con la exclamación del farmacéutico, que le dejaba solo en la contienda—; pero ni con ello ni con los específicos de usted contra lombrices y jaldía, se me prueba á mí que el señor tenía razón cuando dijo lo que dijo de mi joven é ilustrado compañero, el hijo de mi muy querido amigo y condiscípulo, el egregio doctor Peñarrubia.

—¡Echa lustre... zurriascas! —gritó aquí el maestro—. ¡Date vientos, farolete!

¡Miserímini mundanorum! —refunfuñó don Casiano, volviendo á su postura, digámoslo así, chinesca.

Símiles congregantur... latinajos corrompidos —dijo don Lesmes en tono de zumba—. Lo que aquí hace falta es probar en romance corriente lo que el señor asegura.

—No hay que probar —replicó el aludido— lo que todo el mundo sabe; y todo el mundo sabe que ese mequetrefe fué arrojado de la casa por la hoy difunta señora, por sus ideas diabólicas, por sus herejías escandalosas y por hijo de su padre... ¡ese amigote y condiscípulo tan querido de usted... zurriascas! Ésta es la fija; y por ello da en cara á todo Valdecines la sinvergüencería con que ahora vuelve á llamar á las mismas puertas, y la... no sé qué diga, de la... qué sé yo qué, que se las abre.

—Pues yo, que estoy al tanto de los secretos de esa ilustre casa, donde entro con igual franqueza que en la mía —exclamó don Lesmes, no poco exaltado—, digo que todo eso que se cuenta son supuestos de gentes envidiosas... cuando no sea obra de algún pícaro á quien, por más señas, hace usted mucho la rosca.

—¡Zurriascas!... ¡Yo no hago la rosca á nadie; que eso se queda para usted y otros matasanos como usted! Y si lo dice por quien yo barrunto, sépase que él me buscó á mí, porque me necesitaba.

—¡Por cierto que supo usted corresponder al consonante de los propósitos de ese fariseo! ¡Vaya una cría que le sacó usted, lucida y despierta!

—Si el discípulo es alcornoque de por sí, ¿cómo ha de hacerle el maestro madera fina y de lustre?... Pero, ¡zurriascas! cuando menos, lo que cae por mi banda, no lo mato, como usted.