—¡Dígalo Polduco, mi chico menor! Si no se le quito á usted de entre las uñas, en ellas queda, como gorrión entre las del milano.
—¡Polduco es una cabra montuna, zurriascas! Me hizo muchas de las suyas, y al cabo le casqué las liendres; que de mí no se ríe él, ni la perra que ha de volver á parirle.
—¡Si usted supiera darse á respetar!...
—¡Si ustedes pagaran como deben!... ¡zurriascas!
—No cobro yo tanto, y trabajo más... y me conformo.
—¡Ya! ¡Pero como usted tiene el amparo de su amigo y condiscípulo el señor doctor!... ¡Puaaa!
—Y usted la mina de sus colodras y almadreñas. ¡Digo!
—¡Vaya un par de capas para un invierno crudo! —expuso á esto don Casiano, comenzando á redondear otras dos píldoras—. ¡Como don Lesmes no saque á la zaragatona más jugo que al doctor!...
—De modo —replicó el cirujano— que como no está al alcance de todos la virtud de matar las lombrices con polvos de salvadera...
—¡Eso va con usted, don Casiano! —gritó el feroz pedagogo—. ¡Y que la cosa no lleva malicia, zurriascas!