—¿Por qué no le ha vuelto usted antes al cuerpo lo de las colodras, que no iba conmigo? —díjole el farmacéutico, muy picado.

—Porque las verdades no ofenden; y es verdad, y á mucha honra, que, para ganarme el pan, hago colodras y almadreñas.

—Y yo, con el mismo honrado fin, remedios contra lombrices.

—Pero dice este licenciado zaragata, que son de polvos de salvadera.

Miserímini mundanorum, digo yo á eso, y que cada cual mire por su honra, que la mía bien guardada está.

—¡La mía está más alta que la chimenea!...

—Pues la mía levanta un codo sobre el campanario, ¡zurriascas!

—Todos son honrados, y la capa no parece...

—Á ver, á ver, zurriascas, ¿qué capa es esa, por lo tocante á mí?

—¡Lo mismo digo por lo que me alcanza en la alusión!