Y esto lo decía Macabeo apiñando los dedos de ambas manos, no sin riesgo de soltar el palo y el farol.

—No lo dudo —dijo el caballero, á quien hacían suma gracia las genialidades del espolique—; basta con verte para presumirlo.

—Sólo que —continuó Macabeo—, á quien le dan á escoger, le dan en qué entender... Pero creo que ahora va de veras.

—¡Hola, hola!

—Sí, señor; lo he pensado despacio, y ¡qué caráspitis! sobre que ha de ser. Porque es pura verdá que la soltería da muy malos ratos... ¡malos!

No obteniendo réplica Macabeo á estas palabras, por estar entretenido el caballero en bajarse la capucha del capote sobre la espalda, continuaron en silencio los dos caminantes un buen trecho. De pronto dijo el de á pie, que indudablemente era comunicativo y locuaz por temperamento:

—Hombre, y aunque sea mala pregunta, ¿qué es del señorito don Fernando? No le he visto un año hace.

—Le espero de un momento á otro —respondió el de á caballo, acomodándose mejor sobre la silla; pues, por las trazas, le iba molestando no poco la jornada.

—Córrese que es ya un medicazo como una loma.

—Dicen que no lo entiende del todo mal.