—Ya ve usté... el que sale á los suyos...

—¡Adulador!... Y ¿de qué le conoces tú?

—Pues de verle por allá muy á menudo. En eso tiene mejor gusto que su padre. ¡Caráspitis! aunque me diera usté todo lo que tiene, no me pasaba yo la vida, como usté se la pasa, metido en aquel palación, solo que solo, á más de media legua de toda persona humana.

—Amigo Macabeo, nada hay que estorbe tanto como la gente desde que se habitúa uno á la soledad.

—Podrá ser, porque usté lo asegura y al consonante obra; pero no alcanzo á entenderlo... ¡Ea! ya estamos afuera. ¡Gracias á Dios!... Vea usté el río: adentro queriéndose tragar al mundo mientras diluviaba, y aquí le cabe la hacienda en una escudilla... Ahora, por el llano de esta sierra; y á la bajada, Valdecines... Dios quiera que lleguemos á tiempo... ¡Buena señal! Vuélvase un poco á la izquierda, y verá asomar la luna entre nubarrones. Se acabó la ira de Dios por esta noche. ¡Caráspitis! crea usté que si no fuera por el clavo que llevo en el corazón, echaba ahora mismo una relinchada que hacía saltar de la cama á todas las mozas del valle.

—¡Y todavía me negarás que tenías miedo en la hoz!

—¿Por lo del relincho al salir de ella? Cá, señor: esas ganas me entran á mí siempre que vuelvo á ver á mi pueblo, aunque haga dos horas que falto de él. Pequeñuco y escaso de borona es; pero el demonio me lleve si no me parece el mejor de la Montaña. ¡Qué campanas las suyas! ¿Pues en lo relative á mozas?... ¡Caráspitis, caráspitis!... Ya verá usté qué verbena de San Juan tenemos... Digo, si no se malogra con la pesadumbre que barrunto.

Mientras hablaba de esta suerte el excelente Macabeo, los dos caminantes atravesaban el llano de la sierra, dejando casi á la espalda la mole de la cordillera, por una de cuyas vértebras, partida por el río, acababan de salir. Los pesados nubarrones comenzaban á disgregarse, y dejaban al descubierto fajas de transparente azul, sobre el que titilaba la luz de algunas estrellas; aprovechábase la luna de las mismas ventanas para lanzar por ellas tal cual rayo mortecino; y aunque no muy distintos, se dibujaban en el brumoso horizonte los contornos de los montes lejanos. Hasta entonces, desde que entraron en la hoz, nuestros caminantes no habían visto otra porción del mundo que el pedazo de senda, mal alumbrado por el farol de Macabeo.

Andando, andando, atravesaron la sierra; y como el cielo se iba despejando por instantes, la luna alumbró de lleno el extenso paisaje que desde aquella altura se descubría. Como detalle de él, apareció Valdecines á la bajada de la sierra, con sus casitas diseminadas y medio ocultas entre huertos y arboledas.

—Allí es —dijo Macabeo señalando con el palo á la más grande de todas, y la única en que se veía la luz por las ventanas.