—¡Ya era hora! —respondió el de á caballo.

Y ambos comenzaron á bajar el suave recuesto que los separaba del lugar.

Pisado habían apenas los morrillos de sus callejones, cuando un perro, habiéndolos olfateado, latió como si le robaran las cerojas á su amo; otro respondió en el acto al grito de alarma con más recios ladridos; y otro y otro, y otros cien, en otros tantos rincones del lugar, se unieron al vocerío; y armaron tal baraúnda y alboroto, que el señor de á caballo no las tuvo todas consigo.

—No hay cuidado —díjole Macabeo—. Son moros de paz y amigos que nos saludan. Esto sucede cada noche con cada mosca que se mueve en el pueblo.

—Si están amarrados, menos mal.

—Lo que están es muertos de hambre; y eso es lo que les quita el sueño.

—¿Y por qué están muertos de hambre?

—Porque no comen, señor.

—Ya lo supongo; pero ¿por qué no comen?

—Porque no lo hay en casa.