—¿Cómo viven entonces?
—De lo poco que roban en la del vecino... Pues, señor, ya estamos acá... Ahora falta que el reventón aproveche. ¡Caráspitis! de pensar lo más malo, me tiemblan las choquezuelas.
Estaban ambos personajes delante de los portones de una ancha corralada, ó, hablando en puro montañés, delante de una portalada.
Llamó Macabeo con el palo, y abriéronla al punto por dentro.
—Santas y buenas —dijo Macabeo entrando en el corral, mientras el caballero hacía otro tanto sin apearse ni chistar.
Preguntó el primero si había ocurrido alguna novedad particular desde que él faltaba del pueblo; dijéronle que no, y corrió á tener el estribo al de á caballo, que se estaba apeando ya junto al grueso poste del ancho y primorosamente encachado portalón.
Abrióse al mismo tiempo la puerta del estragal, que es el vestíbulo de las casas montañesas, y salió á alumbrar al recién venido una mocetona bien aliñada. Despojóse entonces el caballero del capote y de las polainas, que Macabeo recogió por de pronto, y siguió á la moza escalera arriba. En el último descanso de ella le esperaba, con otra luz en la mano, un sujeto de no buena catadura. Era ya viejo, corto de talla, cargado de hombros y vestido de negro.
—Por aquí —dijo con voz desagradable al recién llegado, sin alzar la enorme cabeza, y poniendo la palma de la mano entre la luz y su cara medio compungida y medio soñolienta.
El forastero le siguió á lo largo de un pasadizo, después de quitarse de la cabeza el casquete con que la había traído cubierta, para que no le molestara durante el viaje la capucha del impermeable.
Representaba el tantas veces mencionado personaje, sesenta años; y era alto y fornido, y muy calvo, con la barba entrecana, pero fuerte y espesa; tenía el cutis moreno, la mirada sagaz y penetrante, las facciones regulares y bien delineadas, y la expresión general de su fisonomía era risueña, aunque á la manera volteriana.