Después de atravesar un espacioso salón, le introdujeron en un gabinete, á cuya puerta apareció un señor bastante entrado en edad, enjuto, con patilla casi blanca, corrida por debajo de la papada; un poco chato, tierno de ojos, largo de orejas, muy angosto de frente y recio de pelo. Hizo una exagerada reverencia al recién llegado, y le preguntó:

—¿Tengo el honor de saludar al ilustre doctor Peñarrubia, gloria de la ciencia?...

—Soy, en efecto, el doctor Peñarrubia, y muy servidor de usted —respondió éste, con ánimo bien notorio de rechazar el sahumerio que el otro quería darle.

El de los ojos tiernos le tendió la diestra, diciendo:

—Lesmes Torunda, facultativo titular del pueblo.

—Muy señor mío —dijo el llamado Peñarrubia, estrechando la mano que se le tendía.

—¿Quiere usted —añadió don Lesmes—, descansar un ratito, ó hablar conmigo antes de?...

—Lo primero es lo primero —contestó el doctor—. Después me tomaré la libertad de pedir una cena y un lecho.

—Á todo se proveerá, insigne doctor —replicó don Lesmes—, que encargado estoy de hacerlo así.

—Pues adelante entonces.