Y juntos atravesaron el gabinete. Alumbraba á éste la luz de una bujía con pantalla, á cuya sombra dormía una niña como de ocho ó nueve años, apoyando la cabeza en sus brazos entrelazados, y éstos en lo alto del respaldo de la misma silla en que estaba sentada. Cogió don Lesmes la bujía, después de quitada la pantalla, y entró en la alcoba seguido de nuestro personaje, de quien ya sabemos que se apellidaba Peñarrubia, y tenía por mote Pateta; y habrá presumido el lector, por torpe que sea, que era médico y que como tal era llamado á aquella casa.
Pero de este asunto y de otros con él muy enlazados, hablaremos en el capítulo siguiente.
II
LA COMISIÓN DEL DOCTOR
El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes, era poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque, á la sazón, alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo, con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises, desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire á los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado.
Sentada junto á la cabecera de la cama, estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo; con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta á los menores movimientos de su cuerpo.