Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde lejos se daban á conocer por lo subido de sus olores; y entre los jaropes, un reló de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía.
Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don Lesmes se la presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte, y hombre de buena sociedad.
Dióse comienzo á la inspección facultativa, que fué detenida y minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto á aquel lecho, que era casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno, los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no poder hacerlo la enferma, respondían á sus preguntas.
No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas investigaciones facultativas; porque ni son del caso, ni yo entiendo jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él corresponde á la figura de don Lesmes.
El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don Lesmes, como si no supiera qué iba á pasar allí, miraba de reojo la operación y el tubo.
Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del mercurio,
—Vea usted —dijo á don Lesmes poniéndole el aparato delante de la cara.
—Ya, ya... ya veo —respondió don Lesmes sin saber qué mirar en aquello que le parecía un alfiletero grande.
—¡Cuarenta y uno! —añadió el doctor en voz baja.
—Justos y cabales —repuso el otro por responder algo; pues, como no sabía de qué se trataba, lo mismo eran para él cuarenta y uno que cuarenta mil.