Después examinó el doctor los jaropes que había sobre la mesa, arrimando la nariz á todos ellos.
—Sin perjuicio —dijo á don Lesmes, sacando al mismo tiempo un lapicero y un papel de su cartera—, de lo que luégo acordemos los dos, conviene que inmediatamente se traiga el medicamento que voy á disponer.
Y escribió una fórmula en que entraba el almizcle como base.
Águeda recogió el papel escrito; pero no se atrevió á preguntar al médico una palabra acerca del estado de su madre. ¡Demasiado decían á su corazón la reserva del uno y la creciente postración de la otra!
—Cuando usted guste —dijo Peñarrubia á don Lesmes.
—Estoy á sus órdenes, ilustre doctor —respondió don Lesmes haciendo una reverencia.
Salieron de la alcoba. La niña seguía durmiendo profundamente; don Lesmes colocó la bujía en la mesa de donde la había tomado, y volvió á cubrir la luz con la pantalla. Entonces se fijó en un nuevo personaje que había en escena: el cura.
Junto á la puerta que daba á la sala, y con otra luz en la mano, estaba ya esperando á los médicos el hombre vestido de negro.
—Tengan ustedes la bondad de seguirme —les dijo.
Y siguiéndole, volvieron á atravesar la sala y entraron en un gabinete frontero al que acababan de dejar. El hombre gordo y vestido de negro puso la luz sobre una mesa con tapete y recado de escribir; arrimó á ella dos sillones, uno enfrente de otro, y dijo con la cabeza gacha y las manos cruzadas sobre la oronda barriga: