—¿Tienen ustedes algo que ordenarme?
—Que nos deje usted solos —contestó Peñarrubia, sin poder disimular lo antipático que le era aquel personaje.
Entre tanto, don Lesmes no cabía en su vestido. La idea de que iba á verse mano á mano con una de las celebridades médicas de la época, le espantaba; pero, al propio tiempo, considerando que nadie podía robarle la gloria de haberse hallado en consulta con autoridad de tanta resonancia, el alma se le mecía en un golfo de vanidad. Y así le entraban unos trasudores y unos hormigueos que no le dejaban sosegar.
Conoció el doctor algo de lo que le pasaba, y le brindó á que se sentara el primero. No lo consintió don Lesmes. Hízolo el otro con suelto desenfado; y habló de esta suerte, mientras don Lesmes buscaba en su sillón una postura que, sin dejar de ser majestuosa y solemne, fuera elegante y descuidada:
—Sería conveniente que me diera usted algunas noticias de la enferma.
—Como si la hubiera parido, señor doctor —se apresuró á replicar don Lesmes. Acomodóse de nuevo en el sillón, carraspeando mucho, y habló así—: Yo soy de Vitigudino, á once leguas de Salamanca, aunque le parezca mentira...
—¡Hombre!... ¡de ningún modo! —le interrumpió el doctor alegremente.
—Dígolo —rectificó don Lesmes—, porque me ve tan lejos de mi patria. Siendo de Vitigudino, tomé el título el año veintisiete; el veintiocho casé con una joven, parienta inmediata de los Veganzones de Cantalejo, á quienes acaso usted haya oído nombrar... porque son gente de viso... El treinta me hallaba desacomodado y con ánimos de revalidarme, para lo cual hice algunos estudios privados...
—¡Cómo que revalidarse? —preguntó el doctor, entre impaciente y curioso de oir á aquel notable personaje—. ¿No tomó usted el título el año veintisiete?
—Mucho que sí; pero yo aspiraba á licenciarme en medicina.