—Vamos, ya caigo. Es usted cirujano á secas.
—Esa es la palabra, señor doctor... salvo siempre los estudios privados de que he tenido el honor de hablarle... Pues, como iba diciendo, el año treinta me hallaba desocupado; vacó este partido, según pude ver en los anuncios; le pretendí y me le dieron. Desde entonces vengo asistiendo á este vecindario, señor doctor... Digo, ¿conoceré yo la naturaleza de estas gentes? Que entré en esta casa como en la mía propia, de por sí se entiende. ¡Y qué casa, señor doctor! ¡qué casa! ¡Sepa usted que aquí se apalean los ochentines!
—No lo dudo, señor don Lesmes; pero yo quisiera que habláramos un poquito de la enferma.
—Pues á ello voy caminando, señor de Peñarrubia, si usted tiene la bondad de oirme dos palabras más. Á esa señora que acaba usted de ver en la cama, la conocí yo así de pequeñita: era la única hija que le quedaba á un riquísimo mayorazgo de este pueblo, con fincas en media España, á quien usted estará cansado de oir nombrar... ¡pues ahí son poco sonados los Rubárcenas de Valdecines! Era hombre de saber y muy dado á viajar por el mundo; porque, como he dicho, le sobraba el dinero. En uno de estos viajes, recién llegado yo, llevó consigo á su hija y la puso en un colegio de Francia, en que dicen que había hasta hijas de reyes. La niña Marta era lista como la pimienta, y por su aire y su corte parecía que estaba pidiendo aquellos pulimentos de enseñanza. Por cansar menos, diré que cuando al cabo de los años volvió á la tierra, era un sol de buena moza y hablaba lenguas como agua; en lo tocante á pluma y estudios gramaticales, geografía y otros puntos de saber, ¿quién era el guapo que se le ponía delante? Nada le digo á usted de las obras de mano. Eran las suyas moldes de finuras y maravillas.
Que con estas cláusulas tuvo los pretendientes á rebaños, por entendido se calla; pero no era mujer dada á los extremos, y ya tenía veinticinco años cuando se decidió por un caballero, rico también y buen mozo si los había. Este tal caballero, don Dámaso Quincevillas, era de Treshigares, pueblo de lo último de la Montaña, donde empieza á nevar en septiembre y no lo deja hasta San Juan.
Un año después de casada doña Marta, murió su padre de una apoplegía; y como don Dámaso, al casarse, ya era huérfano, cátese usted que el matrimonio reunió un mar de riqueza, en fincas y sonante.
De este matrimonio nació primeramente Águeda, que es la joven que usted ha visto á la cabecera de la cama... El vivo retrato de su madre, señor doctor, en lo despierta, y un ángel de Dios en la figura y en los sentimientos. En hora conveniente tratóse de dar á la niña educación al consonante de sus talentos y posibles; pero doña Marta, que estaba entusiasmada con aquella criatura, opinó que el mejor colegio para una niña es una buena madre; y cátala cogiendo, como quien dice, con una mano, cuanto había aprendido en Francia con maestros y en su casa con la experiencia de los años, y pasándolo á su hija, que lo recibe sin perder miga, ni más ni menos que si para ella lo hubiera estudiado quien se lo enseñaba.
Vino después al mundo otra niña, que es la que dormía en el gabinete cerca de la luz que yo cogí; y doña Marta comenzó á educarla lo mismo que á Águeda... Y aquí empieza á nublarse la buena estrella. Un día me llamaron muy de prisa. Don Dámaso estaba muy malo. Con el afán en que le traía el cercado de esa gran posesión que rodea la casa, obra que había emprendido al asomar el verano, cogió una insolación; no la hizo caso; otro día se mojó los pies; resultóle un ataque cerebral... y se murió. En aquella hora puede decirse que murió también la mitad de su señora, que adoraba en él. Hasta entonces había sido alegre y risueña como unas pascuas, y fuerte como una encina; desde entonces se hizo triste y cavilosa, y quebradiza de salud. Fuése dejando poco á poco de las cosas del mundo, ¡y allí fué de ver á su hija cómo se puso al frente de todo, y llenó, hasta con sobras, los huecos de su padre muerto, y de su madre casi, casi! Encargóse, por de pronto, de la educación de su hermana; y ahí la tiene usted, á los nueve años de edad, sabiendo poco menos que su maestra. ¡Pasma, señor de Peñarrubia, el don de esa muchacha para hacer milagros de gobierno y enseñanzas! ¡No se explica uno cómo en una personita de mujer, tan rubia, tan tiernecita y adamada, caben tanto saber y tanto juicio!
—¿De manera —dijo el doctor, á quien iban interesando estos pormenores— que toda esta familia queda reducida á la señora enferma y sus dos hijas?
—Queda también —repuso don Lesmes— un hermano del difunto don Dámaso, que no ha estado aquí más que el día de la boda y el del entierro de éste. Se llama don Plácido, y no sale jamás de Treshigares, gastando su patrimonio en la manía de sacar gallinas de muchos colores.